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La edad de no discutir

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  No sé en qué momento empezó a ocurrirme. Quizá no hubo un día concreto. Solo sé que, conforme voy cumpliendo años, me cuesta cada vez menos dejar pasar aquello que antes me habría molestado durante horas. Ya no siento la necesidad de responder a todo, de aclarar cada malentendido ni de convencer a quien ha decidido no escuchar. Y no creo que sea cansancio ni indiferencia. Tal vez sea haber aprendido que la tranquilidad cuesta demasiado como para entregársela a cualquier discusión. Con los años una comienza a reconocer antes las trampas del ego. Da igual el lugar en el que nos encontremos: entre escritores, en la política, en el trabajo, en una asociación, en el vecindario o dentro de la propia familia. En todas partes aparece ese empeño por demostrar: yo soy más, yo sé más, yo tengo más, yo llevo más tiempo, yo represento a más personas, yo merezco estar por encima. Y, mientras competimos por ocupar el centro, con demasiada frecuencia nos olvidamos de las personas. Nos cu...

Trabajan, cotizan y sus hijos juegan en el parque roto

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  Vivo en una zona alejada del centro de Estella. Una zona humilde, de esas que no suelen aparecer en las fotografías turísticas ni en los folletos institucionales. Me siento bien aquí. La mayoría de mis vecinos son familias árabes. Tenemos ascensor, un portal limpio y renovado y una empresa que se ocupa de la limpieza. La comunidad funciona y no arrastramos deudas con la administración de la finca. Los hombres que conozco trabajan. Las niñas y los niños van al colegio. Algunas mujeres trabajan fuera de casa y otras no, como sucede en miles de familias españolas. Pagan alquileres o hipotecas. Compran alimentos, ropa y material escolar. Consumen, cotizan y pagan impuestos. No viven al margen del sistema: forman parte de él y ayudan a sostenerlo. Pero si me asomo a la ventana, veo el lugar que les hemos asignado. Frente a mi casa hay un parque viejo, deteriorado, inseguro y con elementos rotos. Sé que los vecinos han solicitado en numerosas ocasiones al Ayuntamiento de Estell...

Y yo. ¿Qué haría?

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  En el artículo anterior hablaba de anticipación, coordinación, responsabilidades y rendición de cuentas. Y mi editora, después de leerlo, me hizo una pregunta sencilla, pero bastante más incómoda que cualquier corrección: «Y tú, ¿Qué harías?» Buena pregunta. Porque es muy fácil criticar desde el sofá mientras vemos las noticias. También en el vermut después de misa, hablando de lo que deberían hacer los gobiernos, de quién sobra, de quién debería marcharse o de quién tiene derecho a qué. Mojarse ética y moralmente es bastante más complicado. Sobre todo, cuando la persona de la que hablamos no es de los nuestros. Tenemos hijos de diecisiete años y seguimos diciendo que son niños. Los protegemos, los llevamos, los traemos, procuramos que no les falte nada y nos preocupa cualquier peligro que puedan encontrar ahí fuera. Tenemos hijas y nos angustia imaginar que algún desalmado pueda hacerles daño. Queremos que regresen seguras a casa, que nadie las agreda, que nadi...