La edad de no discutir
No sé en qué momento empezó a ocurrirme. Quizá no hubo un día concreto. Solo sé que, conforme voy cumpliendo años, me cuesta cada vez menos dejar pasar aquello que antes me habría molestado durante horas. Ya no siento la necesidad de responder a todo, de aclarar cada malentendido ni de convencer a quien ha decidido no escuchar. Y no creo que sea cansancio ni indiferencia. Tal vez sea haber aprendido que la tranquilidad cuesta demasiado como para entregársela a cualquier discusión. Con los años una comienza a reconocer antes las trampas del ego. Da igual el lugar en el que nos encontremos: entre escritores, en la política, en el trabajo, en una asociación, en el vecindario o dentro de la propia familia. En todas partes aparece ese empeño por demostrar: yo soy más, yo sé más, yo tengo más, yo llevo más tiempo, yo represento a más personas, yo merezco estar por encima. Y, mientras competimos por ocupar el centro, con demasiada frecuencia nos olvidamos de las personas. Nos cu...