El verano que no llego al pueblo

 



"La despoblación no siempre llega caminando. A veces llega firmada."

Hay noticias que, vistas desde la distancia, parecen pequeñas. Una piscina municipal que no abre sus puertas en verano difícilmente ocupará grandes titulares durante muchos días. Sin embargo, cuando uno se detiene a mirar un poco más allá del agua, de las vallas o de las instalaciones, descubre que detrás de esa decisión se esconde una realidad mucho más profunda que afecta directamente al futuro de nuestros pueblos.

Durante años hemos escuchado hablar de despoblación. Se han organizado congresos, jornadas, mesas redondas, estudios y planes estratégicos. Se han pronunciado discursos defendiendo la necesidad de mantener vivo el mundo rural y de garantizar que quienes desean vivir en los pueblos puedan hacerlo en igualdad de condiciones respecto a quienes residen en las ciudades. La teoría es impecable. La práctica, sin embargo, parece avanzar por caminos muy diferentes.

El caso de algunas piscinas municipales de Tierra Estella. Navarra, vuelve a poner sobre la mesa una contradicción que lleva demasiado tiempo creciendo en silencio. Nadie discute la necesidad de garantizar la seguridad de las instalaciones públicas. Nadie cuestiona que la salud y la protección de las personas usuarias deban situarse por encima de cualquier otra consideración. El problema no es la existencia de una normativa. El problema es cómo se aplica, cuándo se aplica y, sobre todo, a quién se le exige cumplirla sin ofrecer herramientas reales para hacerlo.

Resulta difícil comprender que una situación conocida desde hace años se convierta de repente en una urgencia en pleno mes de junio, precisamente cuando las piscinas deberían estar preparándose para recibir a vecinos, niños y familias. Si el problema existía, si las administraciones conocían las carencias y si las exigencias técnicas eran previsibles, la pregunta surge de forma inevitable. ¿Por qué no se planificó una transición razonable? ¿Por qué no se establecieron ayudas específicas? ¿Por qué no se permitió que las adaptaciones se realizaran durante los meses de otoño e invierno, evitando que los pueblos se vieran obligados a afrontar decisiones imposibles justo al comienzo del verano?

Porque aquí aparece una cuestión que a menudo se olvida desde los despachos. No todos los municipios son iguales. No es lo mismo gestionar una ciudad con un presupuesto de millones de euros que intentar mantener los servicios básicos de un concejo de doscientas o trescientas personas. No es lo mismo disponer de departamentos técnicos, personal especializado y capacidad de inversión que depender de presupuestos ajustados hasta el extremo. Y, sin embargo, muchas veces las obligaciones llegan con la misma intensidad para todos.

Cuando se habla de inversiones que pueden alcanzar los quinientos mil euros para adaptar una instalación, la realidad adquiere otra dimensión. Esa cantidad puede ser asumible dentro de una gran estructura municipal, pero para muchos pequeños pueblos representa una cifra inalcanzable. No se trata de falta de voluntad. No se trata de irresponsabilidad. Se trata, sencillamente, de que las cuentas no salen.

Mientras tanto, quienes reciben las críticas más directas son las personas que están al frente de los ayuntamientos y concejos. Los vecinos observan la piscina cerrada y buscan respuestas. Es comprensible. Lo que quizá no siempre se comprende es la posición en la que se encuentran quienes deben tomar la decisión. Porque abrir una instalación incumpliendo determinadas exigencias no supone únicamente arriesgarse a una sanción administrativa. En determinadas circunstancias implica asumir responsabilidades personales muy serias que ningún seguro cubre y que pueden tener consecuencias legales de enorme gravedad.

Por eso resulta injusto reducir el debate a una simple cuestión de voluntad política local. En muchas ocasiones la verdadera valentía no consiste en inaugurar una instalación entre aplausos, sino en explicar a los vecinos que no puede abrirse. La verdadera valentía consiste en asumir el desgaste personal, soportar las críticas y tomar una decisión impopular cuando la alternativa puede ser mucho peor.

Además, conviene recordar que una piscina en un pueblo pequeño es mucho más que una instalación deportiva. Para muchos vecinos representa uno de los pocos espacios de encuentro durante los meses de verano. Es el lugar donde los niños aprenden a nadar, donde las personas mayores encuentran compañía, donde las cuadrillas se reúnen y donde las familias comparten tiempo juntas. Cuando una piscina cierra no desaparece únicamente un servicio. Desaparece también una parte de la vida comunitaria.

Y es precisamente ahí donde la reflexión sobre la despoblación cobra sentido. Los pueblos no desaparecen de golpe. No dejan de existir de un año para otro. La despoblación avanza poco a poco, mediante pequeñas pérdidas que parecen insignificantes cuando se observan de forma aislada. Primero desaparece una tienda. Después un bar. Más tarde un servicio. Finalmente, una oportunidad para quedarse. Cuando uno mira atrás descubre que aquello que parecía un detalle era, en realidad, una pieza importante de la vida cotidiana.

Por eso resulta inevitable preguntarse qué entendemos realmente por luchar contra la despoblación. Porque si cada nueva exigencia termina convirtiéndose en una carga imposible para los municipios más pequeños, si las ayudas llegan tarde o son insuficientes, y si los servicios comienzan a desaparecer porque no existen recursos para mantenerlos, quizá sea necesario replantearse algunas estrategias.

A veces tengo la sensación de que hablamos del mundo rural con enorme facilidad mientras lo comprendemos con demasiada dificultad.

Defendemos su importancia en discursos institucionales, pero olvidamos que la vida en los pueblos no se sostiene con palabras. Se sostiene con escuelas, consultorios, transporte, centros sociales, comercios, actividades culturales y espacios de convivencia. Se sostiene con recursos que permitan a quienes viven allí desarrollar su proyecto de vida sin sentirse ciudadanos de segunda categoría.

La pregunta que queda en el aire no tiene que ver únicamente con una piscina. Tiene que ver con el modelo de territorio que queremos construir. Si realmente creemos que el mundo rural merece seguir vivo, quizá haya llegado el momento de acompañar las exigencias con financiación, los discursos con hechos y las obligaciones con soluciones.

Durante años se ha defendido que el futuro pasa por equilibrar el territorio, fijar población y fortalecer el medio rural. Sin embargo, quienes viven en muchos pueblos de Tierra Estella observan una realidad diferente. Ven cómo se les pide asumir nuevas cargas, afrontar nuevas inversiones o convivir con proyectos que generan preocupación, mientras los servicios esenciales continúan debilitándose.

Y entonces surge una sensación difícil de explicar.

No es la sensación de que exista una conspiración.

Es algo más sencillo.

La sensación de que las decisiones importantes rara vez se toman desde el pueblo y casi siempre recaen sobre él.

"Quizá el problema no sea que alguien quiera vaciar los pueblos. Quizá el problema sea que demasiadas decisiones se toman sin preguntarse cómo seguirá viviendo la gente que permanece en ellos."

 

Porque los pueblos no mueren cuando desaparecen de los mapas. Empiezan a apagarse mucho antes, cuando dejan de ser una prioridad.


 #LaMirilla

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