Profesiones invisibles
"Mujeres y hombres que sostienen la cultura mientras la vida les exige sobrevivir"
Nos emocionamos con canciones, lloramos con
libros, decoramos nuestras casas con artesanía, llenamos las redes sociales de
frases de escritores y buscamos reírnos cuando la vida aprieta demasiado, pero
seguimos mirando a muchas profesiones culturales como si fueran un pasatiempo
bonito en lugar de un trabajo real. Quizá ahí esté una de las grandes
contradicciones de nuestra sociedad moderna, porque consumimos cultura
constantemente mientras seguimos preguntando a quien la crea de qué vive
realmente.
La escena suele repetirse demasiadas veces. El
poeta presenta un libro y alguien termina preguntándole si además tiene un
trabajo “normal”. El cantautor pasa horas actuando en un bar donde la mitad de
las personas hablan más alto que la música y aun así termina la noche
recogiendo cables con la misma dignidad con la que comenzó. El actor de teatro
alternativo ensaya durante meses para actuar ante cuarenta personas. El payaso
hace reír a niños y adultos mientras muchos siguen pensando que aquello no puede
considerarse una profesión seria. Y mientras tanto, todos nosotros seguimos
llenando nuestras vidas de canciones, películas, ilustraciones, fotografías,
monólogos, libros y emociones creadas precisamente por esas personas
invisibles.
Con la música sucede algo especialmente curioso.
Si eres conocido, muy conocido, o consigues sonar en las listas más escuchadas,
entonces el sistema te reconoce y te coloca bajo focos, entrevistas y
festivales. Aunque incluso detrás de muchos éxitos existan campañas de
marketing, inversión publicitaria, contactos, padrinos y, por supuesto,
talento, porque sí, el talento existe, pero pocas veces camina solo. El
problema aparece mucho antes, en ese lugar donde empiezan casi todos, en las
calles, en pequeños bares, en terrazas de verano, en teatros modestos o en
plazas donde el sonido de los vasos pesa más que las canciones.
Ahí es donde viven muchas de las profesiones
invisibles. Personas que actúan durante horas por cantidades que en ocasiones
apenas alcanzan para cubrir desplazamientos, gasolina o una cena. Músicos que
aceptan tocar “por visibilidad”, escritores que reciben como pago un ejemplar
de su propio libro, artistas a quienes todavía se les ofrece promoción en redes
sociales como si el reconocimiento pudiera pagarse en el supermercado. Y
nosotros pasamos delante de ellos dejando a veces una moneda, como si aquello
fuera una limosna, sin detenernos a pensar que quizá esa persona no quiere
vivir de la caridad, sino simplemente de su profesión.
Porque hemos terminado confundiendo democratizar
la cultura con acostumbrarnos a no pagarla. Hacemos fotografías de páginas de
libros, compartimos poemas completos, canciones, ilustraciones o textos enteros
en redes sociales mientras el creador sonríe al ver circular su nombre, aunque
su bolsillo continúe exactamente igual. Los “me gusta” alimentan el ego durante
unos segundos, pero no pagan alquileres ni llenan neveras. Y aun así seguimos
actuando como si la cultura naciera del aire, como si detrás de cada canción,
cada dibujo o cada novela no existieran años de aprendizaje, inversión
económica, tiempo robado al descanso y también muchas renuncias.
Con los artesanos sucede algo parecido. El pintor
escucha constantemente aquello de “hazme una acuarela, que tú tardas un
momento”. A quien trabaja cuero, barro o madera se le pide un descuento porque
“como le gusta hacerlo…”. A la chica que hace trenzas africanas en verano se le
regatea mientras pasa horas bajo el sol doblando la espalda. Parece que cuanto
más creativo y humano es un trabajo, menos cuesta socialmente rebajarlo. Nadie
entra a un taller mecánico esperando que le arreglen el coche gratis “por amor
al oficio”, pero seguimos pensando que un dibujo, una canción o una pieza
artesanal deberían pagarse casi con agradecimiento.
Y luego está una de las profesiones más extrañas
de todas, una que admiramos de niños o incluso nos asusta según el maquillaje y
la luz del momento: el payaso, el cómico, quien sube a un escenario con la
obligación invisible de hacer reír. Qué curioso resulta que una sociedad que
vive agotada emocionalmente siga pensando a veces que el humor no es un trabajo
serio. Como si conseguir arrancar una carcajada a alguien preocupado, triste o
cansado fuera algo sencillo. Como si aliviar durante una hora el peso de la
vida ajena no tuviera valor profesional.
No es que el arte no dé de comer. Es que seguimos
siendo una sociedad poco consciente con quienes trabajan dentro de él. Al
médico le pedimos vocación, al maestro paciencia, al bombero valentía y entrega
porque entendemos que son profesiones profundamente humanas, pero olvidamos que
también existen personas que sostienen emocionalmente a los demás desde lugares
menos visibles, desde una guitarra, una nariz roja, una obra de teatro, una
canción callejera o un poema escrito de madrugada.
Y quizá dentro de las profesiones invisibles
todavía exista otra diferencia silenciosa de la que apenas hablamos lo
suficiente. La desigualdad continúa apareciendo también en la forma de mirar la
vocación cuando quien la sostiene es una mujer.
Cuando un hombre escribe con pasión, la sociedad
suele entender que es escritor. Incluso existe cierta admiración romántica
hacia esa figura del hombre entregado a sus ideas, a sus libros o a su música.
Pero durante demasiados años no ocurrió igual con las mujeres. Porque detrás de
muchas escritoras, cantautoras, actrices o artistas siempre aparecía antes otra
lista invisible: la casa, los cuidados, las obligaciones, el trabajo no
remunerado, las horas robadas al sueño.
Es cierto que avanzamos, y sería injusto negar
todo lo conseguido, pero todavía queda una mirada social que pesa más de lo que
creemos. Una mujer cantando en el metro sigue despertando juicios distintos.
Una cómica recorriendo bares de madrugada continúa teniendo que demostrar más.
Una escritora muchas veces sigue escribiendo cuando todo lo demás ya está
hecho, quitándole horas a su descanso para poder conservar aquello que le da
sentido.
Y quizá ahí esté la clave de todo esto. Detrás de
muchas profesiones invisibles existe una única palabra: vocación.
Una fuerza extraña que empuja a alguien a seguir
creando incluso cuando no hay seguridad económica, reconocimiento inmediato ni
horarios humanos. Porque quien escribe, canta, pinta, actúa o hace reír rara
vez lo hace únicamente por dinero. Lo hace porque necesita hacerlo para
sentirse vivo.
Tal vez por eso el arte nunca desaparece del
todo. Porque siempre habrá alguien escribiendo de madrugada, cantando en una
calle fría, actuando ante veinte personas o dibujando, aunque nadie se lo haya
pedido. Y quizá el verdadero problema no sea la falta de talento, sino que
todavía seguimos viviendo en una sociedad que disfruta profundamente de la
cultura mientras continúa sin comprender del todo el esfuerzo invisible de quienes
la sostienen.
Y sería maravilloso que algún día alguien se
acercara a un cómico callejero y le preguntara con cierta superioridad aquello
de “sí, pero… ¿tienes un trabajo de verdad?”, y él respondiera tranquilamente:
“Sí, soy cirujano”. Tal vez solo entonces comprenderíamos hasta qué punto
seguimos respetando antes el uniforme que la emoción, antes el sueldo que la
sensibilidad y antes aquello que genera dinero inmediato que aquello que,
silenciosamente, mantiene viva el alma de una sociedad.
#LaMirilla
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Muy buen artículo, Carmen, bien escrito y enjundioso.
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