El armario de los olvidados
El armario de los olvidados
Los
concejos no se vacían solos”
Hay democracias que se celebran en los grandes salones y otras que
sostienen el territorio desde la cocina de una casa, una sala vecinal o una
pequeña plaza. En Navarra, esa democracia cercana tiene nombre: concejo. Y, sin
embargo, demasiadas veces queda fuera de la conversación pública, de la agenda
política y de los recursos.
Un concejo es una entidad local de ámbito infra municipal, con personalidad
jurídica propia y reconocida por el Derecho Foral. En Navarra no es una figura
simbólica: gestiona bienes comunales, caminos y espacios públicos, pequeñas
infraestructuras y, en gran medida, la convivencia cotidiana de numerosos
núcleos rurales. Navarra cuenta con centenares de concejos integrados en
ayuntamientos mayores que sostienen una parte esencial del territorio.
Muchos concejos funcionan en régimen de concejo abierto, un modelo de
gobernanza directa en el que la vecindad puede debatir y decidir en asamblea.
Sobre el papel, es una de las expresiones más completas de la democracia local:
cercana, participativa y basada en el conocimiento directo de los problemas.
Pero esa cercanía convive hoy con una paradoja difícil de sostener. Las
presidencias de concejo asumen obligaciones legales y responsabilidades muy
similares a las de una alcaldía dentro de su ámbito competencial:
representación institucional, gestión económica, rendición de cuentas,
administración del patrimonio comunal, mantenimiento de caminos y
equipamientos, mediación en conflictos vecinales y apoyo a la convivencia. Y,
sin embargo, carecen de derechos equivalentes, de estructura administrativa y de
recursos técnicos estables.
En la práctica, se trata de un puesto altruista: sin sueldo en la mayoría
de los casos, sin personal propio y con una carga administrativa creciente. La
gobernanza puede ser abierta para decidir, pero la responsabilidad jurídica es
concreta cuando algo falla. El resultado es una tensión permanente entre la
obligación y la capacidad real de actuar.
A esta desigualdad estructural se suma una evidencia incómoda: un concejo
con cuatro, seis o diez casas no resulta políticamente llamativo. En campaña se
visita la capital municipal, el núcleo que concentra el censo y decide los
resultados. La escucha, las promesas y las inversiones se orientan a los
grandes municipios o a las cabeceras. En los concejos pequeños, si hay
presencia, suele ser indirecta: cartelería, mensajes generales o la mera
inercia del calendario electoral.
No es extraño, por tanto, que sea difícil encontrar campañas electorales
pensadas específicamente para concejos. No porque no existan necesidades, sino
porque no se consideran prioritarias. Así, los concejos permanecen en la parte
más oculta del armario político: existen, pero no se ven; participan, pero no
deciden; sostienen territorio, pero rara vez condicionan las políticas.
Y aquí aparece una segunda reflexión. Dentro de las entidades rurales
representadas por ayuntamientos se ha impuesto, de facto, una lógica que
tensiona el principio democrático de igualdad política: quien concentra más
población acumula más capacidad de decisión. El núcleo grande decide; el
pequeño asume. No por acuerdo, sino por aritmética.
Formalmente, el sistema garantiza representación municipal. Pero, en la
práctica, muchos ayuntamientos no habilitan mecanismos efectivos para que los
concejos puedan opinar, votar o decidir sobre cuestiones que afectan
directamente a su vida cotidiana. La voz existe, pero no pesa. Y cuando la voz
no pesa, la democracia se debilita.
El símil es claro: en un mismo sistema conviven el armario de roble, sólido
y visible, y el armario funcional de un pequeño comercio de pueblo, útil pero
secundario. Mientras tanto, una parte muy significativa de la población navarra
—en torno a un tercio— vive en concejos o núcleos infra municipales: existe,
pero no se ve; cuenta, pero no decide.
Esta realidad no es exclusiva de Navarra. La Comunidad Foral cuenta con
alrededor de 346 concejos, en los que reside aproximadamente un
tercio de la población, lo que evidencia el peso real de estas entidades en
la organización territorial. Otros territorios del Estado mantienen estructuras
históricas de gobernanza vecinal similares. En el territorio histórico de Álava
existen más de 330 concejos, integrados en municipios y en las denominadas
cuadrillas, que articulan la gestión local y facilitan cierto acompañamiento
institucional. Por su parte, la comunidad de Castilla y León reúne más de
2.200 entidades locales menores, muchas de ellas juntas vecinales,
concentradas especialmente en provincias como León, donde se contabilizan
más de 1.200, así como en Burgos o Soria. Estos datos reflejan que la
democracia de proximidad no es una excepción, sino una realidad extendida en
amplias zonas rurales. La diferencia radica en el grado de reconocimiento
político, la dotación de recursos y la capacidad efectiva de estas entidades
para influir en las decisiones que afectan a su territorio.
Cada vez resulta más difícil que alguien dé el paso para asumir la
presidencia. Y cuando nadie lo hace, la estructura se apaga. No por falta de
comunidad, sino por desgaste institucional. Si se pretende combatir la
despoblación, no basta con enunciarla como preocupación: es necesario ejecutar
medidas que reconozcan, apoyen y refuercen la gobernanza de proximidad.
La pregunta ya no es si los concejos deben sobrevivir, sino si el sistema
político está dispuesto a reconocer el valor de lo pequeño. Porque un
territorio no comienza a vaciarse únicamente cuando se marchan sus habitantes:
empieza a hacerlo cuando quienes lo sostienen dejan de ser escuchados.
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