Decidir desde despachos: biogás, purines y cobre
"Proyectos que llegan antes a la prensa que a los ayuntamientos, en un medio rural donde la falta de servicios sigue sin resolverse."
En Tierra Estella se habla desde hace años de
despoblación, de futuro rural, de la necesidad de fijar población y sostener
los pueblos. Se anuncian ayudas, planes, estrategias. Sobre el papel, todo
encaja. Pero cuando uno pisa el terreno, cuando habla con quien vive y trabaja
aquí, la sensación es otra muy distinta: lo esencial sigue sin resolverse,
mientras lo que transforma el territorio avanza sin demasiadas trabas.
Porque
la realidad no está en los documentos, está en lo cotidiano. Y lo cotidiano
sigue pasando por no tener un autobús con horarios útiles, por depender del
coche para acudir al médico o por intentar sacar adelante un pequeño negocio
sin un mínimo flujo de gente que lo sostenga. En ese contexto, hablar de relevo
generacional o de dinamización económica sin garantizar antes esos servicios
básicos empieza a sonar más a discurso que a solución.
Sin
embargo, cuando se trata de otro tipo de proyectos, la maquinaria sí parece
funcionar con agilidad. En los últimos tiempos, nombres como plantas de biogás,
gestión de purines o sondeos para la búsqueda de cobre han empezado a formar
parte del día a día informativo de la zona. Y no tanto por lo que son en sí
mismos, sino por cómo llegan.
Porque el problema no es únicamente el contenido de estos
proyectos. Es la falta de información previa clara y sin tapujos.
Cuando se habla de biogás, se habla de energía, de
sostenibilidad, de economía circular. Pero rara vez se explica con la misma
claridad que hablamos también de residuos ganaderos, de purines que deben ser
transportados, almacenados y tratados. Se habla de inversión, pero no siempre
de olores, de tráfico constante de camiones o del impacto real en la vida
diaria de los pueblos. Y sin esa parte de la información, lo que se ofrece no
es una decisión completa, sino una versión parcial de la realidad.
Con la búsqueda de cobre ocurre algo similar. Se
presentan los sondeos como estudios técnicos, como una fase previa casi neutra.
Pero no se pone sobre la mesa todo lo que conllevan: el paso de camiones
pesados por caminos rurales que no están preparados, el desgaste de
infraestructuras locales, el ruido, el polvo, la alteración de parcelas
agrícolas. Elementos que no suelen aparecer en el primer relato, pero que
acaban formando parte del paisaje cotidiano.
Y mientras tanto, la información no siempre llega cuando
debería. En demasiadas ocasiones, los proyectos se conocen a través de la
prensa antes de haber sido explicados directamente a los ayuntamientos o a la
población. Los procesos existen, las exposiciones públicas también, pero llegan
cuando el proyecto ya está definido y el margen real de cambio es limitado.
Formalmente hay participación; en la práctica, muchas veces llega tarde.
Esto sitúa a los pequeños municipios en una posición
especialmente frágil. Porque, aunque la figura del alcalde implica
responsabilidad, no siempre va acompañada de los medios necesarios. Y en el
caso de los concejos, donde la presidencia ni siquiera es un cargo profesional,
la falta de apoyo técnico y administrativo es evidente. Se les pide reaccionar,
valorar y trasladar información compleja con recursos mínimos y en plazos
ajustados. Cuando quieren explicar lo que ocurre, el vecino ya lo ha leído fuera.
Cuando intentan posicionarse, el proceso ya está en marcha.
En este contexto, empieza a consolidarse una sensación
difícil de ignorar: que decidir desde el despacho se está convirtiendo, poco a
poco, en sinónimo de decidir dando por hecho que el territorio dirá que sí. Que
la falta de información inicial evita el conflicto, que el tiempo juega a favor
del proyecto y que, cuando llega el momento de reaccionar, ya es tarde.
Y ahí es donde conviene detenerse.
Porque no se trata de estar en contra de todo. No se
trata de rechazar cualquier proyecto por principio. Se trata de algo mucho más
básico: del derecho a saber, a entender y a valorar con toda la información
encima de la mesa. De poder conocer no solo lo positivo, sino también lo menos
favorable. De poder decidir desde el territorio, y no solo asumir decisiones
tomadas fuera de él.
El mundo rural no necesita elegir entre decir sí a todo o
no a todo. Necesita poder decidir con criterio propio. Y eso solo es posible si
la información llega completa, clara y a tiempo.
Porque sin eso, hablar de desarrollo, de participación o
de futuro es, en el mejor de los casos, incompleto. Y en lugares como Tierra
Estella, donde cada decisión tiene un impacto directo en la vida de quienes
permanecen, decidir sin información no es decidir.
Es simplemente
aceptar.
#LaMirilla
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