“El precio de la igualdad cuando hay poder en juego”

 

(Una reflexión en defensa del desarrollo rural de Tierra Estella)

Hay palabras que hemos aprendido a respetar. Igualdad, justicia, defensa del débil. No son solo conceptos; son principios que, en teoría, deberían sostener cualquier proyecto político que aspire a ser digno. Y en el ámbito del desarrollo rural, estos principios no son un añadido, sino la base misma sobre la que se construyen entidades como TEDER.

Porque el sentido original del desarrollo rural no nace del poder, sino del equilibrio. No nace de la imposición, sino de la participación. Y, sobre todo, no nace de la lógica de mayorías, sino del respeto a cada territorio, independientemente de su tamaño.

Sin embargo, hay momentos —y cada vez se perciben con mayor claridad— en los que estos principios corren el riesgo de diluirse. No en su formulación, que sigue siendo impecable, sino en su aplicación. Es entonces cuando conceptos como la igualdad empiezan a desplazarse de su lugar natural y pasan a funcionar como herramientas al servicio de dinámicas que poco tienen que ver con el espíritu con el que nacieron.

En este contexto, comienzan a surgir tensiones que no siempre se expresan abiertamente, pero que forman parte del día a día de estas estructuras. Tensiones entre modelos, entre formas de entender la representación, entre la igualdad política de los municipios y el peso demográfico de los mismos. Un debate legítimo, sin duda, pero que exige una premisa fundamental: la coherencia.

Porque defender la igualdad como principio y, al mismo tiempo, cuestionarla cuando deja de resultar conveniente, no es una cuestión técnica. Es una cuestión ética.

Y es precisamente en ese terreno donde el riesgo se vuelve más evidente. Cuando el debate deja de centrarse en el modelo y empieza a trasladarse al terreno del desgaste. Cuando aparecen discursos públicos que, lejos de fortalecer el trabajo realizado, introducen dudas, generan desconfianza o cuestionan sin construir. No como parte de un proceso de mejora, sino como estrategia.

Ahí es donde el foco debe volver a su lugar.

Porque TEDER no es —o no debería ser— un espacio de confrontación política, sino una herramienta al servicio del territorio. Un instrumento que nace precisamente para equilibrar, para dar voz a quienes menos peso tienen en otros ámbitos, para sostener un modelo en el que cada municipio, por pequeño que sea, forma parte de una misma realidad.

Sin embargo, junto a estas dinámicas visibles, existe otro plano más silencioso. El de quienes, sin compartir plenamente determinadas formas de actuar, terminan sosteniéndolas. No por convicción, sino por equilibrios previos, por compromisos adquiridos o por dependencias que dificultan el posicionamiento. En ese espacio no hay declaraciones, pero hay decisiones. Y también hay silencios. Y los silencios, cuando lo que está en juego es la coherencia, también hablan.

Hablan de la dificultad de posicionarse, de lo complejo que resulta, en determinados contextos, decir no. Decir que no todo vale. Porque sostener una posición ética no siempre es sencillo. Implica incomodidad, implica asumir consecuencias, implica, en ocasiones, romper equilibrios que resultan más fáciles de mantener que de cuestionar.

Pero es precisamente ahí donde se mide la credibilidad. No en los discursos ni en las declaraciones públicas, sino en la capacidad de sostener los principios cuando hacerlo tiene un coste.

Una estructura no se debilita únicamente por quienes fuerzan sus límites; también lo hace por quienes, pudiendo cuestionarlos, optan por no hacerlo. Y en ese proceso, lo que se erosiona no es solo un modelo de gestión, sino algo mucho más profundo: la confianza.

Resulta inevitable preguntarse qué valor tiene un principio cuando quien lo proclama está dispuesto a permitir su incumplimiento. ¿Qué pasa por la cabeza de quien lidera unas siglas cuando defiende la igualdad como irrenunciable y, al mismo tiempo, acepta que en parte del territorio se actúe en sentido contrario? No es una pregunta incómoda, es una pregunta necesaria. Y quizá, si quien hoy sostiene ese discurso vuelve mañana a pronunciar la palabra igualdad, convendría detenerse un instante y recordar que la credibilidad no está en decirla, sino en sostenerla.

Porque apoyar un modelo no siempre es una decisión consciente. A veces es más cómodo no cuestionarlo, no incomodarse, no romper equilibrios. Pero conviene recordarlo: cuando se sostiene un sistema que no es igualitario, también se participa de él. Y llega un momento en el que ya no basta con decir que se cree en la igualdad. Hay que decidir si se está dispuesto a defenderla… o a renunciar a ella.

Porque hay una línea que no debería cruzarse nunca. Y cuando se cruza, ya no basta con señalar a quienes empujan. También hay que mirar a quienes, sabiendo que no es justo, deciden sostenerlo. Porque la igualdad no se traiciona solo cuando se ataca. También cuando se permite.

Porque:

Este no es un artículo contra nadie. Es, precisamente, una defensa del sentido original de las herramientas que nacieron para sostener el equilibrio del territorio.

"Porque las palabras no nos definen cuando las pronunciamos, sino cuando somos capaces de vivir conforme a ellas."

#LaMirilla + #ElPrecioDeLaIgualdad 

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