¿Quién sostiene realmente el país?
Una radiografía incómoda
Hay preguntas que no se responden desde la
ideología, sino desde los datos, y aun así incomodan cuando se observan con
detenimiento y sin filtros. En España conviven aproximadamente 3 millones de
personas autónomas, alrededor de 3,5 millones de personas en el empleo público,
cerca de 2.600–2.700 cargos políticos desde las alcaldías hacia arriba, más de
9 millones de personas jubiladas y entre 2,7 y 3 millones de personas en
situación de desempleo. No se trata de cifras enfrentadas, sino de las
distintas piezas que conforman un mismo sistema, aunque no todas soportan el
mismo peso ni lo hacen desde las mismas condiciones.
El autónomo, en muchos casos, no tiene un salario
definido, sino que depende directamente de sus resultados, lo que implica que
si trabaja ingresa, pero si se detiene deja de hacerlo, sin la cobertura de
unas vacaciones retribuidas y, en muchos casos, sin percibir ingresos durante
los primeros días de una baja. A pesar de ello, cumple de forma constante con
sus obligaciones, cotizando a la Seguridad Social, presentando sus impuestos y
afrontando tanto el IVA como los pagos fraccionados, a lo que se añade en el
caso del pequeño comercio el recargo de equivalencia, un sistema que incrementa
el coste de las compras y que responde, en gran medida, a la menor capacidad de
adquisición y negociación frente a grandes operadores.
Esta realidad se ve agravada por la estructura de
costes fijos que debe asumir cualquier persona autónoma, como alquileres,
asesoría o suministros, y que no desaparecen cuando la actividad se ralentiza,
sino que permanecen como una carga constante. Cuando además existe la voluntad
de generar empleo, la responsabilidad se multiplica, incorporando cotizaciones
adicionales, vacaciones, posibles bajas y una serie de gastos que convierten
cada decisión en un ejercicio de equilibrio entre continuidad y riesgo. En este
contexto, sostener una actividad económica deja de ser una expresión simbólica
para convertirse en una realidad cotidiana.
Si se realiza un cálculo sencillo, esas personas
autónomas, con una cotización media cercana a los 320 euros mensuales, aportan
en torno a 960 millones de euros cada mes al sistema, lo que supone más de
11.500 millones de euros al año, una cifra que no puede considerarse menor ni
anecdótica, sino estructural dentro del funcionamiento económico del país. Al
mismo tiempo, el empleo público desempeña una función esencial al sostener
servicios básicos como la sanidad, la educación o la administración, garantizando
derechos y aportando estabilidad al conjunto del sistema, lo que lo convierte
en un elemento imprescindible dentro del equilibrio general.
De igual manera, el sistema de protección social
cumple un papel necesario al ofrecer respaldo a quienes se encuentran en
situaciones de vulnerabilidad, como ocurre con las personas mayores de 52 años
que no encuentran empleo y que pueden acceder a ayudas en torno a los 450 euros
mensuales, con cotización incluida para su futura jubilación. Esta red no solo
es legítima, sino necesaria, pero al mismo tiempo convive con la realidad de
quienes, desde el trabajo autónomo, continúan cotizando durante décadas, en
muchos casos hasta edades avanzadas, sin la certeza de que su pensión futura
esté en proporción con el esfuerzo realizado, lo que introduce una reflexión
inevitable sobre la coherencia del equilibrio existente.
A esta complejidad se suma una dimensión que
apenas encuentra espacio en el relato público, ya que cada mes se anuncian
cifras sobre el desempleo, las nuevas afiliaciones o las altas de personas
autónomas, pero rara vez se pone el foco en cuántas de ellas cesan su
actividad, cuántos negocios dejan de existir o cuántas persianas no volverán a
levantarse. De este modo, el discurso se construye sobre lo que entra en el
sistema, pero no sobre lo que se pierde, generando una imagen incompleta de la
realidad económica.
Además, el autónomo se enfrenta a un contexto de
competencia desigual, en el que necesita apoyo externo en forma de asesoría
para cumplir con un sistema complejo, carece de capacidad de negociación frente
a proveedores en comparación con las grandes superficies y no puede acceder a
los mismos precios ni márgenes, lo que limita su capacidad de crecimiento y
resistencia. Sin embargo, es precisamente este tejido el que sostiene la
cercanía, el servicio y la vida económica, especialmente en entornos rurales o
de menor densidad, donde en muchas ocasiones constituye la única actividad que
mantiene el pulso del territorio.
Por ello, cuando una actividad autónoma
desaparece, no solo se pierde un negocio, sino también una parte de la vida
social y económica que lo rodea, lo que lleva a plantear una reflexión que, sin
ser una propuesta ni una reivindicación, resulta difícil de ignorar: qué
ocurriría si, durante un mes, esos millones de personas autónomas detuvieran su
actividad, si el pequeño comercio cerrara, si la hostelería no abriera y si los
servicios de proximidad desaparecieran temporalmente. La respuesta no es sencilla,
porque no solo se verían afectados quienes sostienen esos negocios, sino
también el conjunto de la sociedad, lo que pone de manifiesto que el autónomo
no es un actor aislado, sino un pilar fundamental.
La pregunta que emerge no se
dirige a confrontar realidades, sino a invitar a quienes representan y diseñan
el sistema a reflexionar sobre su equilibrio, ya que, con millones de personas
autónomas aportando cada mes cantidades significativas, conviviendo con un
amplio sector público, con millones de personas jubiladas y con otras tantas en
búsqueda de empleo, resulta legítimo preguntarse si se está construyendo un
equilibrio real o si, por el contrario, el sistema se mantiene gracias al esfuerzo
silencioso de quienes no pueden permitirse detenerse.
Hay algo que no termina de encajar cuando aceptamos sin
preguntar los precios de las grandes superficies y cuestionamos al comercio de
cercanía, como si olvidáramos que ahí no hay volumen, sino vida: una persiana
que se levanta cada mañana y un calendario que, en silencio, se va acercando a
la jubilación.
Y, por cierto, no olvides tener liquidez para pagar tu cuota de
autónomos, porque si no, el sistema también tiene su forma de recordártelo…
pero esa ya es otra historia.
#LaMirilla
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