Cuando criticar se convirtió en deporte nacional



"Vivimos rodeados de opiniones sobre los demás mientras cada vez cuesta más mirar hacia dentro"

Hay días en los que no hace falta encender la televisión, abrir las redes sociales ni escuchar un debate político para comprender el estado emocional de la época que vivimos. Basta con sentarse en la terraza de un bar y escuchar. Escuchar de verdad.

La mesa de al lado critica al camarero porque tarda demasiado. El camarero critica después al cliente porque no tiene paciencia. Una persona protesta por la atención médica, otra por el funcionamiento del colegio, otra por la juventud, otra por las personas mayores, otra por quienes trabajan demasiado y otra por quienes, según su opinión, no trabajan lo suficiente. Todo parece haberse convertido en una batalla constante donde siempre existe un culpable esperando al otro lado.

Y quizá el problema no sea que existan críticas. La crítica es necesaria, incluso saludable cuando ayuda a mejorar. Lo preocupante es que hemos dejado de utilizarla para construir y hemos aprendido a usarla como forma de descargar frustraciones, cansancio y rabia acumulada.

Vivimos en un tiempo crispado y emocionalmente saturado. Lo vemos en la política, donde cualquier debate parece una guerra sin tregua; en las redes sociales, donde opinar se ha confundido con atacar; en los programas de televisión, donde la discusión vende más que la reflexión; y también en la vida diaria, donde aceptar una visión distinta parece haberse convertido en un acto de debilidad.

La sanidad critica la falta de recursos mientras los pacientes critican la falta de empatía. El profesorado habla del comportamiento del alumnado mientras las familias cuestionan continuamente la educación que reciben sus hijos e hijas. En hostelería se escucha que ya nadie valora el esfuerzo de trabajar de cara al público, mientras muchas personas sienten que la atención ha perdido cercanía y humanidad.

En cultura ocurre algo parecido. Se lamenta que la sociedad consume cada vez menos libros, teatro, poesía o pensamiento crítico, pero pocas veces se hace autocrítica sobre cómo se recibe también a quienes intentan acercarse por primera vez. En ocasiones encuentran elitismo, círculos cerrados o la sensación de que algunos espacios culturales han terminado pareciéndose demasiado a aquel famoso “yo he venido aquí a hablar de mi libro” de Francisco Umbral, donde escuchar al otro parece importar menos que defender el propio espacio.

Y algo parecido sucede en muchas asociaciones, colectivos o entidades. Se critica que la juventud no participa, que no quiere implicarse o que vive demasiado desconectada, pero al mismo tiempo cuesta dejar paso real a nuevas formas de pensar o de organizar. Muchas personas jóvenes perciben que se les pide ayuda, pero no voz. Presencia, pero no decisión.

Porque también existe un miedo silencioso a apartarse, a dejar responsabilidades o a aceptar que llegan otras generaciones con ideas diferentes. A veces por temor a sentirse menos útiles, otras por costumbre y otras simplemente porque aceptar el relevo obliga a comprender que el tiempo cambia a las personas y también las estructuras.

Entonces aparecen frases que todos hemos escuchado alguna vez: “qué van a saber”, “todavía no tienen cabeza”, “ya entenderán las cosas cuando sean mayores”. Y casi sin darnos cuenta repetimos exactamente aquello que criticábamos de generaciones anteriores.

Hemos aprendido a responder antes que a escuchar. A defendernos antes que a comprender. A atacar antes que asumir que quizá la otra persona, aunque piense distinto, también pueda tener parte de razón.

La sensación general es que el mundo se desmorona. Y probablemente algo de eso exista. Hay incertidumbre económica, desgaste emocional, exceso de información, miedo al futuro y una velocidad de vida difícil de sostener. Pero quizá el verdadero derrumbe no esté ocurriendo únicamente fuera, sino también dentro de nosotros.

Porque vivimos rodeados de mensajes que nos dicen constantemente cómo debemos pensar, sentir, vestir, educar, trabajar o vivir. Todo son discursos, directrices, ideologías y relatos enfrentados. Y lo más curioso es que también criticamos eso mismo mientras seguimos alimentándolo cada día desde nuestros teléfonos, nuestras conversaciones y nuestros propios comportamientos.

Hablamos continuamente de la sobredosis de información, del exceso de pantallas, de las redes sociales, de las adicciones visibles o invisibles, de las drogodependencias leves o graves que afectan a la sociedad actual. Y todo eso existe, claro que existe.

Pero pocas veces hablamos de otra sobredosis mucho más silenciosa: la sobredosis de dolor que muchas personas llevan dentro sin que nadie lo vea.

Dolor emocional, cansancio acumulado, ansiedad, frustraciones, duelos mal cerrados, miedo al futuro, presión económica, sensación de no llegar nunca a todo, relaciones rotas, soledad disfrazada de normalidad y vidas sostenidas únicamente por la obligación de seguir adelante.

Quizá por eso vivimos tan irritados.

Porque demasiadas veces no reaccionamos desde la maldad, sino desde el cansancio interior.

Y eso no justifica la falta de respeto, ni la agresividad, ni el daño hacia los demás, pero sí debería hacernos reflexionar sobre el tipo de convivencia que estamos construyendo cuando cada persona parece luchar sola contra su propio peso interno mientras intenta aparentar normalidad.

Incluso el amor hacia los demás comienza muchas veces por el amor hacia uno mismo. No desde el egoísmo ni desde la superioridad, sino desde un amor sano, honesto y equilibrado.

Durante generaciones se nos educó, especialmente a muchas mujeres, en la idea de que cuidar, servir y sostener a los demás estaba por encima del propio bienestar. El sacrificio se convirtió casi en una virtud obligatoria. El “yo” parecía egoísmo y la entrega absoluta era interpretada como amor verdadero.

Y desde ahí hemos educado también a nuestros hijos e hijas.

Quizá por miedo a repetir durezas del pasado, quizá intentando compensar heridas propias, muchas familias han terminado colocando a los hijos en el centro absoluto de todo. Como si proteger fuera evitar cualquier frustración, cualquier límite o cualquier responsabilidad emocional.

Pero el amor sano no consiste en desaparecer para que otro exista.

Porque quien aprende a quererse de manera libre y honesta suele amar también desde un lugar más equilibrado, menos dependiente y menos roto. Educa desde el afecto, sí, pero también desde los límites, desde el respeto y desde la comprensión de que cada miembro de la familia ocupa un lugar. Los hijos necesitan amor, protección y escucha, pero también entender que no están por encima del mundo que les rodea, del mismo modo que nosotros tampoco lo estuvimos.

Y quizá ahí exista otra contradicción de nuestro tiempo: criticamos en la juventud comportamientos que también nacen de la forma en la que les hemos enseñado a relacionarse con la vida.

Y la vida, además, tiene una ironía silenciosa que pocas veces pensamos mientras educamos, trabajamos y corremos constantemente detrás del tiempo.

Cuando los hijos crecen, se independizan y parece que por fin llega un pequeño descanso, aparece muchas veces otra etapa inesperada: el cuidado de nuestros padres.

Entonces comprendemos de golpe que convivimos entre generaciones separadas no solo por años, sino por velocidades de vida completamente distintas. Nuestros mayores crecieron en un mundo donde el tiempo caminaba despacio, donde las conversaciones duraban horas y donde la paciencia era casi una forma de supervivencia. Nosotros vivimos agotados, acelerados, intentando llegar a todo, sosteniendo trabajos, economía, familia, responsabilidades y un cansancio emocional que demasiadas veces ya forma parte de la rutina diaria.

Y en medio de ese agotamiento aparecen los cuidados.

Pero cuidar cuando uno también está cansado de vivir, de aguantar y de sostener, no siempre resulta sencillo. Ahí nacen muchos conflictos, la falta de paciencia, los reproches silenciosos y esa sensación de no llegar nunca a todo lo que la vida exige.

Quizá por eso estamos perdiendo algo muy valioso: la capacidad de sentarnos a escuchar la sabiduría de nuestros mayores sin juzgar constantemente si entienden o no entienden el mundo actual.

Porque no crecieron en este mundo.

Y probablemente tampoco nosotros entenderíamos del todo el suyo si tuviéramos que volver atrás.

Tal vez el verdadero problema no sea la diferencia generacional, sino haber olvidado que cada etapa de la vida necesita más escucha y menos juicio.

Nos hemos acostumbrado tanto a señalar hacia fuera que casi nadie quiere detenerse delante del espejo. Y tal vez la revolución más urgente no consista en ganar discusiones, imponer verdades o tener siempre razón, sino en aprender a convivir con menos ruido y más reflexión.

Porque una sociedad incapaz de revisarse emocionalmente terminará buscando enemigos fuera constantemente.

Y quizá estamos tan ocupados sobreviviendo que se nos está olvidando convivir.

 #LaMirilla

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Comentarios

  1. La mayoría de "críticos profesionales" son bastante cobardes. Se ocultan en el anonimato de las redes sociales o critican cuando el interpelado no les oye. A nadie le gusta discutir críticamente con otro, eso además de valentía requiere espíritu constructivo.

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