Juventud y política: ¿desinterés… o herencia?
"Reflexión sobre la juventud, la política y la responsabilidad educativa de una sociedad que prefiere señalar antes que mirarse"
Durante años
se ha repetido una idea casi como un dogma: que a la juventud no le interesa la
política, que pasan, que viven en su mundo y que bastante tienen con lo suyo.
Lo hemos escuchado tantas veces que casi lo hemos convertido en verdad
incuestionable, de esas que se repiten sin necesidad de comprobarlas demasiado.
Pero quizá la
pregunta incómoda no es esa.
Quizá la
pregunta que evitamos hacernos es bastante más sencilla, aunque también
bastante más molesta: si la juventud no es el problema, sino el resultado de
todo lo que hemos construido antes.
Venimos de
donde venimos. Hubo una época en este país en la que se podía ser de derechas,
de izquierdas o, simplemente, sumiso, que en muchos casos era la única manera
de seguir adelante sin complicarse la vida. Después llegó la transición y
ganamos muchísimo en libertad, eso es innegable, pero quizá no supimos —o no
quisimos— explicar bien lo que había pasado, ni profundizar lo suficiente en
una historia que merecía ser contada con claridad. Y cuando algo no se entiende
bien, difícilmente se valora en su justa medida.
Los que
nacimos en los años 60 crecimos viendo otra realidad. Vimos a nuestros padres
trabajar sin descanso para que en casa no faltara lo básico, vimos cómo
callaban cuando no se les pagaba, cómo agachaban la cabeza porque no había
alternativa y cómo hacían esfuerzos enormes pensando que así nos estaban dando
un futuro mejor. Algunos incluso nos mandaron a colegios donde, más que
encajar, aprendimos lo que era sentirnos fuera de lugar, porque dar más no
siempre significaba comprender mejor.
Después
crecimos, nos enamoramos, nos casamos, empezamos en pisos de alquiler sin
apenas muebles, con sillas de campo, con cuentas ajustadas y con una ilusión
que lo compensaba todo. Los viajes de novios muchas veces eran a la capital más
cercana, pero había una sensación clara de estar construyendo algo, de avanzar,
de que el esfuerzo tenía sentido.
Y entonces
dimos un salto.
Un salto tan
grande que, con toda la buena intención del mundo, quisimos que nuestros hijos
no vivieran nada de eso, que no pasaran necesidades, que no sintieran esa
inseguridad que nosotros conocimos bien, que tuvieran lo que nosotros no
tuvimos. Y en ese intento tan humano, tan comprensible y tan cargado de cariño,
puede que nos equivocáramos más de lo que nos gusta reconocer.
Porque
empezamos a delegar la educación donde antes acompañábamos, a exigir a la
escuela lo que antes se construía en casa, a indignarnos por el precio de los
libros mientras justificábamos que “no va a ser menos que los demás” con el
último móvil, a pasar del “como lleves una nota, verás en casa” al “voy a
hablar con el centro porque esto no puede ser”. Evolución, lo llaman. Y
seguramente algo habremos mejorado, aunque no siempre en la dirección que
creemos.
Y en medio de
todo esto hay algo de lo que se habla poco, pero que tiene más peso del que
parece.
La propia
vida, y la psicología más básica, llevan tiempo recordándonos que solo
aprendemos de las equivocaciones, que el error no es un problema sino parte del
proceso, que asumir consecuencias es una forma de crecer. Sin embargo, hemos
intentado evitarles precisamente eso, como si protegerles del tropiezo fuera la
mejor manera de ayudarles a caminar.
Existe además
una especie de pirámide natural, sencilla de entender, en la que primero está
lo que cada uno crea —Dios, el universo, las creencias o incluso la nada—,
después los padres y, finalmente, los hijos. Ese orden no era casual, era una
estructura que daba referencia y sentido.
Y sin darnos
cuenta, lo hemos cambiado.
Hemos colocado
a los hijos en la parte más alta de esa pirámide, en el centro de todo, en el
lugar donde todo gira a su alrededor, y ahora nos encontramos con que no
sabemos muy bien cómo bajarlos de ahí. Porque durante años nos han repetido, y
nos hemos creído, que si no les damos todo, si no evitamos que sufran, si no
facilitamos cada paso, estamos fallando como padres. Y claro, con ese punto de
partida, poner límites no parece educar, parece casi un acto de injusticia.
Pero la
realidad es bastante más incómoda.
Educar no es
evitar la frustración, ni allanar constantemente el camino, ni sustituir el
esfuerzo por comodidad. Educar, muchas veces, consiste en acompañar también en
el error, en permitir que se equivoquen, en enseñar que no todo es inmediato y
que no todo se consigue sin coste. Y ahí es donde tenemos uno de los trabajos
más difíciles como sociedad.
Y entonces
miramos a la juventud y no nos reconocemos. Decimos que no aguantan, que no se
esfuerzan, que no creen en nada, que se van a los extremos, que no entienden el
valor de las cosas. Y lo decimos con una mezcla de sorpresa y preocupación,
como si todo eso hubiera aparecido de la nada, como si no tuviera nada que ver
con nosotros.
Pero hay una
pregunta que sigue ahí, incómoda, esperando respuesta.
Qué parte de
todo esto es herencia nuestra.
Porque no se
puede querer todo a la vez sin que algo falle. Queremos hijos formados, pero
nos cuesta aceptar que empiecen desde abajo. Queremos que tengan criterio, pero
hemos evitado demasiados conflictos. Queremos que valoren el esfuerzo, pero les
hemos allanado el camino siempre que hemos podido. Queremos que sean
responsables, pero no siempre les hemos dejado asumir consecuencias reales.
Y así llegamos
a situaciones que, vistas desde fuera, resultan casi irónicas. Familias
trabajadoras preocupadas porque sus hijos se identifican con ideas que no
entienden, familias acomodadas sorprendidas porque sus hijos se posicionan en
el extremo contrario, y en medio de todo eso, un escenario político que
encuentra en la división una herramienta perfecta. Porque dividir simplifica,
etiqueta y evita tener que entrar en lo realmente importante.
Mientras
tanto, la juventud crece en ese contexto, con mensajes contradictorios, con una
historia que no siempre se ha explicado bien y con un modelo de vida que no
encaja con lo que se les prometió. Y entonces decimos que no creen en la
política.
Quizá no es
que no crean.
Quizá es que
no se ven dentro.
Quizá es que
no les hemos enseñado, o no hemos sabido enseñarles, que la política no es solo
lo que ocurre en los despachos, sino también lo que construimos cada día como
sociedad, con nuestras decisiones pequeñas, con nuestras contradicciones y con
nuestra forma de estar en el mundo.
Porque el
sistema no es algo ajeno. No es “ellos”. Somos nosotros. Somos cómo educamos,
cómo consumimos, cómo opinamos, cómo actuamos cuando nadie nos mira. Somos
también cuando alquilamos caro sin pensar en el otro, o cuando buscamos la
forma de pagar menos sin pensar en el conjunto. Somos parte del problema, pero
también podríamos ser parte de la solución.
Y aun así, no
todo está perdido.
Hay una parte
de la juventud que pregunta, que duda, que no se conforma, que se equivoca y
aprende, que empieza a cuestionar no solo el mundo que le rodea, sino también
lo que ha heredado. Y eso, aunque a veces incomode, es una señal esperanzadora.
Quizá no
necesitan que les demos todas las respuestas.
Quizá
necesitan que empecemos a hacernos mejores preguntas.
Y quizá, antes
de hablar tanto de cómo es la juventud de hoy, deberíamos preguntarnos con un
poco más de honestidad qué peso de responsabilidad tenemos en cómo ha llegado a
ser, porque tal vez el cambio no empieza corrigiéndoles a ellos, sino
revisándonos un poco más a nosotros mismos.
#LaMirilla
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