¿Tenemos una sobredosis de quejas o una ausencia de ganas de ser equipo social?
Vivimos en la sociedad de la opinión constante. Nunca antes habíamos tenido tantos periódicos, canales de televisión, tertulias, redes sociales, podcasts, vídeos, artículos o frases motivacionales circulando a todas horas. Abrimos el móvil y en apenas unos minutos podemos pasar de una guerra a una receta saludable, de una tragedia humana a un debate político, de un escándalo televisivo a una lección sobre cómo alcanzar la felicidad en cinco pasos. Todo ocurre demasiado rápido y todo parece exigirnos una opinión inmediata.
Y quizás ese sea uno de los mayores problemas de
nuestro tiempo: ya no sabemos convivir con el silencio, con la duda o incluso
con el simple “no lo sé”.
Opinamos de política, de educación, de
psicología, de fútbol, de religión, de crianza, de salud mental, de
alimentación, de medio ambiente y hasta de la vida privada de personas que ni
conocemos. Lo hacemos además con una facilidad asombrosa, como si tener acceso
a la información fuese automáticamente sinónimo de comprenderla. Pero informar
no es lo mismo que entender, y leer titulares no significa necesariamente tener
criterio.
Decimos que los medios manipulan, cuando muchas
veces simplemente informan desde una determinada línea editorial o desde una
manera concreta de mirar el mundo. La objetividad absoluta probablemente no
exista porque detrás de cada noticia sigue habiendo seres humanos,
experiencias, ideologías, intereses y emociones. La verdadera pregunta quizá no
sea si la prensa es completamente objetiva, sino si nosotros somos capaces de
leer sin convertir cada noticia en una sentencia previa.
Porque también nosotros elegimos. Leemos aquello
que confirma nuestras ideas, escuchamos a quienes piensan parecido y
compartimos aquello que nos da la razón. Nos cuesta acercarnos a opiniones que
nos incomodan porque vivimos en una sociedad donde cambiar de postura parece
una debilidad en lugar de una muestra de inteligencia. Hemos confundido muchas
veces la información con la necesidad de tener razón.
Criticamos la prensa rosa y los programas del
corazón mientras continúan teniendo millones de espectadores. Nos burlamos de
determinados contenidos, pero olvidamos que si existen es porque alguien los
consume. Lo mismo ocurre con el fútbol, las redes sociales, los realities o
incluso determinados debates políticos convertidos en espectáculo. La economía
también vive de aquello que consumimos y sostenemos diariamente. Entonces, ¿por
qué fingimos superioridad moral sobre aquello que nosotros mismos alimentamos?
Tal vez porque vivimos educados entre el premio y
el castigo, entre lo correcto y lo incorrecto, entre el aplauso y la crítica.
Desde pequeños aprendemos a clasificar: lo culto y lo inculto, lo sano y lo
insano, la izquierda y la derecha, el éxito y el fracaso, lo aceptable y lo
ridículo. Y quizá hemos olvidado algo esencial: una sociedad madura no debería
necesitar que todos vivamos igual, sino aprender a convivir respetando maneras
distintas de mirar la vida.
Ir a misa o no ir. Ver fútbol o leer poesía.
Tomar una copa o preferir una infusión. Leer filosofía o revistas del corazón.
Ir al gimnasio o sentarse tranquilamente en una terraza. Tal vez la libertad
real empiece precisamente ahí: en poder vivir sin miedo constante al juicio
ajeno.
Y mientras hablamos de todo esto, seguimos
preguntándonos dónde va a llegar la sociedad, qué ocurre con la juventud o por
qué cada vez existe más agresividad y menos empatía. Pero pocas veces nos
hacemos una pregunta mucho más incómoda: ¿qué hacemos nosotros en nuestro día a
día para aliviar un poco el mundo en el que vivimos?
Criticamos la rapidez de los jóvenes mientras los
adultos vivimos pegados al móvil. Decimos que ya nadie lee, pero quizá en
muchos hogares tampoco se apaga la televisión para compartir una conversación,
comentar una noticia o simplemente escuchar al otro. Nos preocupa la violencia,
aunque dejamos que niños y adolescentes crezcan consumiendo imágenes constantes
de guerras, muerte y enfrentamiento hasta el punto de que el dolor ajeno
empieza a parecernos paisaje.
Tal vez no nos estamos volviendo más fríos; quizá
estamos emocionalmente saturados.
Vivimos rodeados de tanta información, tanta
opinión y tanta estimulación que hemos confundido participar con reaccionar.
Hablamos mucho de cambiar el mundo, pero quizá el verdadero cambio comienza en
espacios mucho más pequeños: en cómo educamos, cómo escuchamos, cómo
consumimos, cómo tratamos al vecino o cómo respetamos a quien vive diferente a
nosotros.
Porque quizá el problema no sea la
sobreinformación, ni las redes sociales, ni la televisión, ni siquiera la
política. Quizá el problema aparece cuando dejamos de ser honestos con nosotros
mismos y empezamos a vivir según lo que creemos que debemos aparentar ante los
demás. Fingimos opiniones para pertenecer, criticamos aquello que también
consumimos y señalamos comportamientos ajenos que muchas veces nosotros mismos
repetimos en silencio.
Nos escandalizamos por el precio del pan mientras
normalizamos gastos diarios que no queremos reconocer. Criticamos determinados
programas mientras los vemos. Pedimos empatía mientras juzgamos constantemente.
Reclamamos una sociedad más humana mientras vivimos cada vez más aislados, más
acelerados y más pendientes de opinar que de escuchar.
Y quizás ahí esté una de las grandes
contradicciones de nuestro tiempo: queremos libertad, pero seguimos teniendo
miedo al juicio de los demás.
Tal vez necesitemos desaprender muchas cosas.
Desaprender etiquetas, superioridades morales, enfrentamientos constantes y esa
necesidad permanente de posicionarnos sobre todo. Porque no, no es malo leer
una revista del corazón, ir al bar, ver fútbol, hacer deporte, seguir una
religión o no seguir ninguna. Lo peligroso quizá comienza cuando convertimos
nuestros gustos en herramientas para medir el valor de los demás.
Porque una sociedad sana no es aquella donde
todos piensan igual, sino aquella donde las personas pueden convivir sin
necesidad de destruirse continuamente por pensar diferente.
Y ahí es donde comienza la verdadera libertad. No
en imponer nuestra manera de vivir, sino en atrevernos a vivirla sin necesidad
de juzgar constantemente la de los otros y, sobre todo, sin necesidad de
mentirnos a nosotros mismos.
Quizá la sociedad no necesite tantas personas
perfectas, sino personas más honestas consigo mismas.
#LaMirilla
Pulsa el menú ☰ y sigue el blog.

Como siempre es una buena reflexión. A mí me ha dado que pensar en que desde hace tiempo, cada vez paso menos rato en silencio. Siempre estoy escuchando algo o alguien. Y sí, la mayor parte de lo que se oye es puro ruido.
ResponderEliminarAsí es Eduard
ResponderEliminar