El misterio más grande

 


El ser humano ha aprendido a explicar el mundo entero, pero sigue sin entenderse a sí mismo.

Hay días en los que me siento en la terraza de un bar y escucho.

No escucho por curiosidad ni por cotilleo. Escucho porque me gusta observar a las personas. Quizá sea deformación profesional de escritora, quizá simple interés por la vida. Lo cierto es que basta una mañana cualquiera para escuchar hablar de política, economía, guerras, cambio climático, inmigración, juventud, pensiones o de cómo se está poniendo el mundo.

Y lo curioso es que todos tenemos una opinión.

Sabemos qué debería hacer el Gobierno, qué tendría que cambiar Europa, cómo solucionar los conflictos internacionales y por qué la sociedad parece ir peor que hace unos años. En ocasiones incluso sabemos cómo debería vivir el vecino, educar a sus hijos o gestionar sus problemas.

Lo que ya no tengo tan claro es si sabemos quiénes somos nosotros.

Mientras escucho esas conversaciones, miro a la gente pasar por la calle y me pregunto cómo será su vida. Qué preocupaciones llevarán encima. Qué sueños se quedaron por el camino. Qué heridas esconden detrás de una sonrisa o cuántas veces se habrán sentido solos estando acompañados.

Y entonces me asalta una pregunta que nunca consigo responder:

¿Nos preguntamos alguna vez quiénes somos realmente?

Vivimos en una época extraordinaria. Nunca hemos tenido tanta información al alcance de la mano. Con un teléfono móvil podemos conocer una noticia ocurrida a miles de kilómetros de distancia en cuestión de segundos. Podemos indignarnos, opinar, compartirla y debatir sobre ella sin levantarnos de la silla.

Sin embargo, cuanto más conocemos el mundo, más dudas tengo de que nos conozcamos a nosotros mismos.

Hablamos del planeta mientras cambiamos de teléfono móvil sin pensar demasiado de dónde salen los materiales que permiten fabricarlo. Nos preocupamos por el medio ambiente mientras consumimos recursos a una velocidad difícil de justificar. Criticamos a los políticos porque no dialogan mientras nosotros somos incapaces de escuchar a quien piensa diferente en nuestra propia mesa.

Defendemos causas nobles y necesarias, pero en ocasiones olvidamos mirar nuestras propias contradicciones.

Y no lo digo desde la superioridad. Me incluyo en esa contradicción permanente que parece acompañarnos como especie.

Quizá porque ser humano consiste precisamente en eso: en intentar comprender un mundo que muchas veces ni siquiera entendemos.

Hay otro asunto que solemos evitar. La muerte.

Nos incomoda. La escondemos detrás de eufemismos. Cambiamos de conversación cuando aparece. Actuamos como si fuese un problema ajeno, cuando es probablemente el hecho más democrático de cuantos existen. Todos llegaremos a ella.

No importa el dinero, la ideología, la religión, el país en el que hayamos nacido o el nivel de estudios que tengamos. Todos compartimos ese mismo destino.

Y tal vez sea precisamente eso lo que nos asusta.

Porque aceptar la muerte nos obliga a pensar en la vida.

Nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo aquí, qué aportamos al mundo, qué dejamos en las personas que queremos y, sobre todo, qué aportamos a nosotros mismos.

Durante años hemos confundido el amor propio con el egoísmo. Especialmente muchas mujeres hemos sido educadas para cuidar de todos antes que de nosotras mismas. Nos enseñaron que pensar en nuestro bienestar era casi una falta.

Sin embargo, una persona que no se quiere difícilmente podrá querer bien a los demás.

Una persona que vive en guerra consigo misma difícilmente encontrará la paz fuera.

Una persona que no es capaz de convivir con sus propias sombras suele terminar proyectándolas sobre quienes tiene alrededor.

Quizá el primer trabajo de cualquier ser humano no sea cambiar el mundo.

Quizá sea conocerse.

Aprender a convivir con sus contradicciones. A reconocer sus errores. A entender sus miedos. A sentarse en silencio sin necesidad de escapar continuamente hacia el ruido.

Porque también me pregunto algo más.

¿Somos capaces de pensar antes de hacer daño gratuito?

Vivimos en una sociedad donde resulta sencillo opinar, criticar, señalar o juzgar. Lo hacemos en una conversación, en las redes sociales o incluso en la intimidad de nuestras casas. A veces olvidamos que la persona que tenemos delante también carga con una historia que desconocemos.

Quizá acaba de perder a alguien.

Quizá está enferma.

Quizá lleva meses intentando mantenerse en pie.

Quizá simplemente está tan perdida como nosotros.

Y aun así hablamos como si conociéramos toda la verdad.

Tal vez por eso otra pregunta me acompaña desde hace tiempo.

Cuando algo malo nos sucede solemos preguntarnos:

¿Por qué a mí?

¿Por qué me ha tocado esto?

¿Por qué ahora?

Pero pocas veces nos detenemos a pensar:

¿Por qué no a mí?

Si todos compartimos la misma condición humana.

Si todos vamos a sufrir pérdidas.

Si todos vamos a equivocarnos.

Si todos vamos a conocer el dolor en algún momento.

Quizá la pregunta correcta no sea por qué nos ocurre algo.

Quizá la pregunta sea qué hacemos con aquello que nos ocurre.

A veces tengo la sensación de que la humanidad podría organizar una misión para colonizar otro planeta y, sin embargo, todavía no ha aprendido a convivir consigo misma.

Sabemos mucho sobre economía, tecnología, política o geografía.

Sabemos mucho sobre los demás.

Pero quizá el mayor misterio siga siendo el que vemos cada mañana al mirarnos en el espejo.

Y tal vez el día que cambiemos el «¿por qué a mí?» por el «¿por qué no a mí?» empecemos a mirar la vida con un poco más de humildad y a los demás con un poco más de compasión.

 #LaMirilla

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Comentarios

  1. Me quedo con la frase "hace años que confundimos el amor propio con el egoísmo", es una realidad como un templo. Pienso exactamente lo mismo.

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