Dejen de calentar sillones y empiecen a calentar alientos
Soy de izquierdas. Lo digo sin rodeos y sin
esconderme detrás de unas siglas. Pero también creo que todo aquello que sea
bueno para la gente, para nuestros pueblos y para la sociedad debe reconocerse,
venga de donde venga.
La política debería servir para mejorar la vida
de las personas, no para obligarnos a elegir entre bandos cerrados en los que
todo lo que hace el contrario está mal y todo lo que hacen los nuestros debe
justificarse, incluso cuando resulta injustificable.
Últimamente me avergüenza encender la televisión
y escuchar las noticias. Me cansa asistir cada día a esa competición por ver
quién grita más, quién mea más lejos, quién hace más daño o quién consigue
humillar mejor al adversario.
Es un espectáculo que me rompe el estómago como
una bala, especialmente cuando observo cómo la izquierda se divide, se desgasta
y se destruye desde dentro.
Mientras tanto, escuchamos una y otra vez que
viene el lobo.
Que lo que viene será terrible.
Que nuestros derechos están en peligro.
Que los servicios públicos pueden retroceder.
Que las personas más vulnerables serán quienes
sufran las consecuencias.
Y puede que todo eso sea cierto. Precisamente por
eso me pregunto: ¿por qué no somos capaces de unirnos desde la humildad? ¿Por
qué quienes dicen defender lo común no dejan de calentar sillones y comienzan a
calentar alientos? ¿Por qué se dedica tanta energía al reproche, al ataque y al
eterno «y tú más», en lugar de emplearla en construir un proyecto capaz de
ilusionar y proteger a la ciudadanía?
Entiendo que el poder puede nublar la vista.
Entiendo que un cargo, una nómina asegurada, el reconocimiento público y la
sensación de estar en lo alto pueden alimentar el ego.
Pero, señoras y señores de la izquierda, ya nos
vale.
No se puede defender la diversidad en los
discursos y castigarla dentro de los partidos.
No se puede hablar de participación ciudadana y
considerar un problema a quien discrepa.
No se puede recurrir a las bases para pedirles el
voto, el apoyo, la presencia en los actos y la defensa de las siglas, pero
relegarlas a una segunda fila cuando expresan una opinión diferente a la
marcada por quienes dirigen.
Si no repites lo que defiende el grupo de cabeza,
te conviertes en el follonero de turno. Si preguntas, molestas. Si discrepas,
eres desleal. Si señalas un error, parece que estás ayudando al adversario.
Pero una organización que no admite la crítica
termina escuchándose únicamente a sí misma.
Una política dijo una vez que el pueblo es quien
habla y que había que escuchar al pueblo. Aquella frase se me quedó clavada.
El problema es que muchas veces se pronuncia con
voz firme antes de ocupar el sillón y con la boca pequeña cuando se llega a él.
Defendemos lo social, la diversidad y los
servicios públicos, pero después todo parece depender de con quién se suma, qué
cargo se conserva, quién encabeza una lista o qué partido sale mejor colocado
en la fotografía.
Si eres de izquierdas, pero no perteneces a mi
partido, te necesito para sumar tus votos. Eso sí: después no me toques los
pies con tus exigencias.
Y ahí comienza la amenaza permanente:
«Si no haces lo que yo quiero, retiro mi apoyo».
«Si no aceptas mis condiciones, no habrá
acuerdo».
«Si no me das lo que pido, votaré en contra».
Así no se puede gobernar.
Los pactos, sean entre partidos de derechas o de
izquierdas, deberían servir para acercar posiciones y convertir en realidad una
parte de aquello que cada formación prometió a sus votantes.
Pactar implica dialogar, ceder y aceptar que
nadie puede imponer todo su programa. También significa defender las medidas
por las que una ciudadanía concreta entregó su confianza a un partido.
Pero una cosa es pactar y otra muy distinta
vender los votos para recoger después el tesoro: un cargo, una consejería, una
partida presupuestaria o una parcela de poder.
No se trata de que todos remen al ritmo de un
único partido, como si los demás no tuvieran ideas, compromisos ni votantes. Se
trata de acordar un rumbo común sin renunciar a aquello que cada formación
prometió defender.
Tampoco se piensa en el pueblo cuando se
trapichea con los apoyos, se amenaza con retirarlos ante cada desacuerdo o se
convierte cada votación en una moneda de cambio.
Cuando un pacto solo sirve para repartir
sillones, deja de ser un acuerdo político y se convierte en un negocio.
Y la ciudadanía no vota para que su confianza se
negocie como una mercancía. Vota para que se cumplan los compromisos adquiridos
y se mejore la vida de las personas.
No pido que todos los partidos de izquierda
piensen igual. Sería absurdo. La pluralidad es necesaria y las diferencias
pueden ser saludables.
Pero debería existir un suelo común por encima de
los egos, de los cargos y de los intereses particulares: la defensa de las
personas, de los derechos sociales y de los servicios públicos.
Mi madre me decía:
«Hay que parecer señora antes de serlo».
Siempre entendí que se refería a la rectitud. A
comportarse con dignidad antes de reclamar reconocimiento. A demostrar con los
actos aquello que afirmamos ser.
En política debería suceder lo mismo.
Antes de proclamarse progresista hay que actuar
con honradez.
Antes de hablar de igualdad hay que escuchar a
quien piensa distinto.
Antes de exigir respeto hay que respetar.
Antes de acusar al contrario hay que tener el
valor de mirar hacia dentro.
Porque cuando alguien defiende lo indefendible
solo porque lo ha hecho uno de los suyos y después insulta al adversario por
haber hecho exactamente lo mismo, termina colocándose a su misma altura.
Si criticamos a quien se tira por un barranco,
pero después saltamos detrás alegando que nuestras razones eran mejores, el
resultado será idéntico: todos acabaremos en el fondo.
No puede exigirse una conducta al contrario y
justificar la misma conducta cuando la protagoniza alguien de nuestro partido.
Eso no es lealtad.
Es obediencia ciega.
Y una izquierda que defiende lo indefendible
pierde la autoridad moral para exigir responsabilidades a los demás.
Cambiar de líder no siempre significa traicionar
un proyecto. A veces es necesario para que ese proyecto sobreviva.
Hay liderazgos que terminan creyendo que el
partido les pertenece. Se rodean de quienes aplauden, apartan a quienes
cuestionan y confunden la crítica con una deslealtad personal.
Pero ningún dirigente debería ser imprescindible.
A veces es importante cambiar totalmente de
liderazgo para que quien ocupa la primera fila comprenda que no puede pasar la
vida echando balones fuera, culpando a los medios de comunicación, a los
adversarios, a los socios de gobierno o a la propia ciudadanía.
Cuando el río suena, agua lleva.
Y cuando una organización pierde apoyos, se
divide o deja de ilusionar, quizá deba preguntarse qué está haciendo mal antes
de concluir que todo el mundo se ha equivocado menos ella.
Saber pedir perdón es un don.
Reconocer un error no debilita a un dirigente. Lo
humaniza y lo dignifica.
La chulería, en cambio, es un defecto que no
podemos permitirnos cuando están en riesgo las personas, los derechos sociales
y los servicios públicos.
No necesitamos dirigentes que se crean por encima
del resto. Necesitamos representantes capaces de escuchar, dialogar, rectificar
y asumir responsabilidades.
También convendría recordar algo muy sencillo:
quienes gobiernan están ahí porque la ciudadanía los ha colocado allí.
Nosotros pagamos sus sueldos, sostenemos las
instituciones y sufrimos o disfrutamos las consecuencias de sus decisiones.
El pueblo no es una palabra bonita para utilizar
en campaña electoral.
El pueblo no está para aplaudir, obedecer y votar
cada cuatro años.
El pueblo debe ser escuchado también cuando
incomoda, cuando exige explicaciones y cuando recuerda a quienes gobiernan que
las instituciones no les pertenecen.
En realidad, el pueblo es el jefe del Gobierno,
aunque demasiadas veces parezcan haberlo olvidado.
Quienes hoy están arriba deberían recordar que
debajo estamos quienes los sostenemos. Los que votamos, trabajamos, pagamos
impuestos, cuidamos a nuestras familias y defendemos los servicios públicos
desde la vida cotidiana.
No están en las instituciones para hacernos un
favor.
Están para trabajar al servicio de la ciudadanía.
Las deudas de honor, los favores pendientes y el
«yo te ayudé, ahora tú me debes» no deberían dirigir ningún partido político.
Pero resultan especialmente dolorosos en una organización de izquierdas.
Las lealtades personales no pueden pagarse de por
vida con cargos, silencios, contratos o apoyos.
La política no puede convertirse en una cadena de
favores en la que cada persona cobra lo que hizo ayer mediante una recompensa
concedida hoy.
Ese modo de actuar debería estar lejos de
cualquier partido, pero todavía más de uno que se proclama defensor de la
igualdad, de la justicia social y de las oportunidades para todas las personas.
Si no gobernamos, quizá sea porque algo no está
funcionando.
Y no bastará con advertirnos de que viene el
lobo.
Tendrán que ponerse a trabajar para impedir que
llegue.
Meter miedo a la ciudadanía no puede ser el único
programa político. No basta con describir el desastre que provocará el
adversario. Hay que ofrecer un proyecto reconocible, ilusionante y útil.
Menos miedo.
Menos ataques.
Menos soberbia.
Menos «y tú más».
Más escucha.
Más humildad.
Más coherencia.
Más trabajo compartido.
La unión hace la fuerza, pero no una unión
impuesta por disciplina ni construida únicamente para alcanzar el poder.
Necesitamos una unión basada en un propósito
común, en la defensa de la ciudadanía y en la convicción de que ningún partido,
ninguna sigla y ningún dirigente está por encima de las personas.
«La izquierda unida jamás será vencida», decía
aquella consigna.
Pero para unirse de verdad hay que aprender a
escuchar, ceder, pedir perdón y aceptar que nadie posee toda la verdad.
No es necesario estar de acuerdo en todo. Es
necesario saber distinguir entre lo esencial y lo accesorio, entre los
principios y los sillones, entre servir a la ciudadanía y servirse de ella.
Estamos en un momento en el que no solo la
izquierda, sino también la derecha y el conjunto de la sociedad, deberían
reflexionar.
Antes de que quienes aspiran a convertirse en
grandes líderes olviden que están ahí porque debajo existimos muchas personas a
las que hace demasiado tiempo dejaron de escuchar.
Personas que no quieren elegir entre el miedo y
la resignación.
Personas que esperan de la política algo más que
gritos, amenazas y cálculos electorales.
Personas que todavía creen en lo público, en la
justicia social y en la posibilidad de construir acuerdos honestos.
Señoras y señores de la política: pónganse a
trabajar desde la humildad.
Dejen de anunciar que viene el lobo y comiencen a
proteger el rebaño.
Dejen de calentar sillones y empiecen a calentar
alientos.
Y recuerden aquella advertencia:
«Piensa bien cómo dejas a tus amigos cuando
subes, porque volverás a encontrarlos cuando bajes».
#LaMirilla
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Yo la verdad no sé muy bien lo que soy... Según algunos, si no te defines de izquierdas, eres automáticamente de derechas. Pero estoy totalmente de acuerdo, la política debería centrarse en gestionar y resolver problemas. En ocasiones me planteo si no sentaría bien algo menos de publicidad en los foros políticos... Si cada intervención no se hiciera pensando en las redes, a lo mejor, se recupera un diálogo un poco más constructivo. Sólo una opinión.
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