El ayuntamiento que nadie ve
Gobernar un pueblo pequeño con
las obligaciones de todos y los recursos de casi nadie
Hay ayuntamientos que caben alrededor de una
mesa.
En un municipio de hasta cien habitantes, la
corporación está formada por tres concejales, incluida la persona que ocupa la
alcaldía. Entre 101 y 250 habitantes son cinco, y entre 251 y 1.000 son siete.
El número de representantes aumenta, pero las obligaciones municipales apenas
disminuyen.
En un ayuntamiento pequeño se cuenta con una secretaria un día a la semana durante siete horas y con una
administrativa otro día, también durante siete horas.
Catorce horas semanales entre las dos.
Catorce horas para atender el registro, los
expedientes, la contabilidad, las facturas, los presupuestos, las subvenciones,
las contrataciones, las obras, las ordenanzas, los requerimientos, las
notificaciones y todas las obligaciones administrativas que acompañan a
cualquier municipio.
Cuando el presupuesto lo permite, puede
contratarse algún apoyo adicional. Pero ahí comienza el primer problema:
cuantos menos habitantes tiene un pueblo, menos capacidad económica posee para
ampliar las horas de personal.
Y no, un pueblo pequeño no tiene una
Administración pequeña.
Tiene una Administración con menos manos.
La Administración ya no cabe en
una carpeta
Durante las dos últimas legislaturas, la gestión
municipal ha cambiado por completo.
La Administración telemática ha entrado de lleno
en los ayuntamientos. Hoy, prácticamente todo se registra, se tramita, se
notifica, se archiva y se firma electrónicamente, desde un ordenador o incluso
desde un teléfono móvil.
Desde fuera puede parecer que la digitalización
facilita el trabajo. Y en algunos aspectos lo hace. Pero también obliga a
manejar certificados electrónicos, plataformas diferentes, programas contables,
sedes administrativas, comunicaciones oficiales, contraseñas y plazos que no
pueden pasarse por alto.
El expediente electrónico no se tramita solo.
Una persona presenta una instancia para realizar
una pequeña obra y puede pensar que basta con que el alcalde o la alcaldesa
diga sí o no.
Pero la solicitud debe registrarse, revisarse,
incorporarse a un expediente y, en muchas ocasiones, remitirse a los servicios
técnicos para que emitan el correspondiente informe. Después debe dictarse una
resolución, firmarse y notificarse.
Puede pasar una semana, dos o más.
El vecino ve una obra pequeña.
El ayuntamiento ve un procedimiento
administrativo que debe realizarse correctamente.
Cuando un trámite sale bien, casi nadie percibe
el trabajo que ha requerido. Cuando se comete un error, en cambio, la
responsabilidad sí tiene nombres y apellidos.
Siete horas que nunca son
solamente siete
Cuando un procedimiento tarda, se escucha con
demasiada facilidad que la secretaria o la administrativa «no trabajan».
Conviene recordar que cada una presta servicio en
el municipio únicamente un día a la semana durante siete horas.
En ese tiempo deben atender a los vecinos,
revisar expedientes, registrar documentos, preparar resoluciones, tramitar
facturas, controlar plazos, gestionar subvenciones, responder a otras
administraciones y resolver todas las incidencias acumuladas durante la semana.
Además, muchas de estas profesionales trabajan
para varios municipios. Cada pueblo tiene sus presupuestos, ordenanzas,
expedientes, problemas y particularidades.
Que un procedimiento tarde no significa que nadie
esté trabajando.
Puede faltar un informe técnico, una
documentación que debe aportar la persona interesada, una firma, una
contestación externa o la resolución de otra Administración.
Tenemos la enorme suerte de contar con
trabajadoras que aprovechan cada hora y son capaces de resolver, en muy poco
tiempo, asuntos que en estructuras mucho mayores pasarían por varios
departamentos.
En demasiadas ocasiones trabajan más de esas
siete horas, responden llamadas fuera de su jornada, revisan documentos desde
casa o permanecen pendientes de una firma o de un plazo.
Quizá sean, incluso, más resolutivas que muchos
administrativos con una jornada completa.
No merecen escuchar que no trabajan porque un
expediente haya tardado más de lo que alguien esperaba.
Un ayuntamiento pequeño funciona gracias a
personas capaces de hacer encajar una enorme cantidad de obligaciones dentro de
muy pocas horas.
Y esas horas contienen mucho más trabajo del que
se ve.
El presupuesto no es una caja
común
Existe otra idea muy extendida: pensar que el
ayuntamiento dispone de una cantidad de dinero y que puede decidir libremente
en qué gastarla.
No funciona así.
El presupuesto municipal se divide en partidas
destinadas a finalidades concretas: conservación, caminos, alumbrado, personal,
limpieza, salud, igualdad, cultura, catastro, obras, actividades o
mantenimiento de edificios, entre muchas otras.
El presupuesto es público. Una vez aprobado, debe
exponerse y permanecer a disposición de la ciudadanía para su consulta.
Pero que el ayuntamiento tenga dinero no
significa que pueda gastarlo en cualquier cosa.
Los créditos presupuestarios deben emplearse en
la finalidad para la que fueron aprobados. Si se quiere destinar el dinero a
otra necesidad, debe tramitarse la correspondiente modificación presupuestaria,
siempre que sea posible y legal.
Por eso puede existir dinero en una partida y
faltar en otra.
Puede haber una cantidad destinada a cultura,
igualdad o conservación de un edificio y no disponer de dinero suficiente para
arreglar un camino.
Desde fuera puede parecer una contradicción.
Desde dentro son partidas, límites,
procedimientos y responsabilidades.
La gestión económica municipal exige una
precisión exquisita. No basta con considerar que una obra es necesaria.
Hay que comprobar si existe partida
presupuestaria, si el gasto corresponde a esa partida, si necesita una
modificación, si requiere contratación, si debe aprobarse previamente y cómo se
justificará después.
No se puede utilizar el dinero al libre albedrío
del ayuntamiento.
Cada euro debe tener un destino, un procedimiento
y un documento que lo respalde.
Una subvención para igualdad no
arregla un camino
Lo mismo ocurre con las subvenciones.
Cuando un ayuntamiento recibe una ayuda para
realizar un proyecto de igualdad, ese dinero debe emplearse en igualdad. No
puede destinarse a arreglar un camino, aunque el camino se encuentre en muy mal
estado.
Si recibe una subvención para rehabilitar el
centro cívico, tendrá que emplearla en esa rehabilitación. No puede decidir que
las tuberías son más urgentes y trasladar allí el dinero sin autorización.
Las subvenciones están vinculadas a un objetivo,
un proyecto o una actividad concretos. Deben justificarse mediante facturas,
pagos y documentación que acredite que se ha cumplido la finalidad para la que
fueron concedidas. Utilizarlas para otra cosa puede obligar a devolverlas.
Por eso, cuando alguien dice que «el ayuntamiento
tiene dinero, pero no quiere gastarlo», quizá debería preguntar primero de qué
dinero se trata y para qué finalidad fue concedido.
No todo el dinero disponible es intercambiable.
No todas las partidas pueden moverse.
No todas las subvenciones sirven para resolver
cualquier necesidad.
A veces el ayuntamiento dispone de una ayuda para
organizar una actividad y, al mismo tiempo, sigue esperando una subvención para
renovar una red de saneamiento de hace cuarenta años.
No es falta de voluntad.
Es la realidad de una economía municipal regulada
hasta el último céntimo.
El catastro y la lotería de las
lindes
Después está el catastro.
Los municipios deben mantener actualizadas sus
ponencias de valoración. En Navarra, la elaboración inicial del proyecto de
ponencia corresponde al ayuntamiento, aunque pueda solicitar información y
colaboración a Hacienda Tributaria.
Cumplir esta obligación cuesta dinero.
Y volvemos al principio: un municipio pequeño
tiene que contratar trabajos técnicos complejos con un presupuesto sostenido
por muy pocos habitantes.
Debería existir un verdadero proyecto
supramunicipal, comarcal o para toda Navarra que ayudara a revisar los
catastros de los pueblos pequeños y asumiera una parte importante de sus
costes.
Conseguir que la descripción catastral de una
finca coincida con su escritura correspondiente es, en demasiadas ocasiones,
una lotería.
Y después están las piedras, mojones y señales
que marcan las separaciones de las tierras.
Esas señales que, misteriosamente, parecen tener
patas y moverse.
El problema no es solamente que cambien de lugar.
El verdadero problema comienza cuando hay que
averiguar hacia qué lado se han movido y quién resulta beneficiado o
perjudicado.
Lo que todo el mundo sabía,
pero nadie escribió
Otro asunto pendiente es el patrimonio municipal.
Durante muchos años se creyó que no era necesario
escriturar algunos terrenos, edificios o espacios porque todo el pueblo sabía
que pertenecían al ayuntamiento.
Pero las personas cambian, las generaciones
desaparecen y la memoria oral no sustituye a una escritura.
Lo que no está documentado puede terminar
convertido en una duda, una discusión o una pérdida.
También sucede con las ordenanzas.
Durante años se resolvieron muchas cuestiones
mediante usos, costumbres y acuerdos de palabra. Ahora, cada vez es más
necesario que las normas estén escritas, aprobadas y publicadas.
Aquello que antes parecía evidente puede dejar de
serlo cuando aparece un conflicto.
Y entonces la frase «siempre se ha hecho así» ya
no resulta suficiente.
El patrimonio religioso también
tiene propietario
Algo parecido sucede con el patrimonio religioso.
Hay vecinos que dan por hecho que el ayuntamiento
debe mantener la iglesia, la ermita o cualquier inmueble relacionado con el
culto. Especialmente quienes sienten esos lugares como parte de su fe, su
historia o su identidad.
Pero la tradición oral y el sentimiento no
determinan la propiedad.
Cada edificio tiene un titular y, en principio,
corresponde a su propietario asumir su conservación.
Otra cosa es que el ayuntamiento decida colaborar
porque ese inmueble posee un valor histórico, cultural, turístico o sentimental
para el municipio.
Esa colaboración puede ser conveniente e incluso
necesaria.
Pero colaborar no significa convertirse
automáticamente en propietario ni asumir todas las obligaciones de
mantenimiento.
Si exige, es malo; si no exige,
es irresponsable
También están las casas abandonadas, los pajares
con el tejado hundido y los muros que amenazan con caer.
En muchos casos, las familias propietarias no
disponen de recursos para afrontar las obras. Es una realidad dolorosa que debe
tratarse con sensibilidad.
Pero el ayuntamiento tampoco puede mirar hacia
otro lado cuando existe un peligro.
Si requiere a una familia para que repare un
tejado, el alcalde se convierte en una mala persona que presiona a quien no
tiene dinero.
Si no hace nada y el edificio termina causando
daños, se preguntará por qué el ayuntamiento no actuó, no exigió o no sancionó
antes.
Así se gobierna muchas veces en un pueblo
pequeño:
Si exige, es malo.
Si no exige, es irresponsable.
Y entre una acusación y otra hay un expediente,
una obligación, una familia preocupada y una decisión que alguien debe tomar.
El campo no se conserva desde
un despacho
Luego están los campos, los caminos y los montes.
Estoy de acuerdo con la protección de las
especies y con la conservación del medioambiente.
Pero cualquier política que afecte al territorio
debería escuchar a quienes lo conocen de verdad.
La desaparición del ganado y el abandono de
determinados usos tradicionales están cambiando nuestros campos. Sin animales
que limpien, sin agricultores que trabajen y sin mantenimiento, la vegetación
invade caminos, ribazos y parcelas.
Quienes mejor conocen el campo son los ganaderos
y los agricultores.
Saben por dónde corre el agua cuando llueve,
dónde se atasca un barranco, qué camino está desapareciendo, qué ladera acumula
combustible y qué terreno necesita atención.
Quiero pensar que en las grandes mesas de trabajo
sobre incendios, inundaciones y conservación de la naturaleza están sentadas
las personas que se dejan la vida en la tierra.
Las que no entienden de horarios porque el campo
tampoco los entiende.
Las que llevan en sus manos el olor de la siembra
y de la recogida.
No se puede proteger el territorio ignorando a
quienes lo pisan cada día.
Calles de primera y calles de
segunda
Las calles constituyen otra de las grandes
injusticias de los municipios pequeños.
Todos los ayuntamientos, independientemente de su
población, deben prestar servicios básicos como alumbrado público, cementerio,
recogida de residuos, limpieza viaria, abastecimiento de agua potable,
alcantarillado, acceso a los núcleos de población y pavimentación de las vías
públicas.
La obligación existe para todos.
El dinero disponible, no.
Hay pueblos que continúan utilizando tuberías de
aguas fecales instaladas hace cuarenta años.
Preparan memorias, encargan proyectos, presentan
solicitudes y esperan.
Pero el dinero nunca termina de llegar hasta
ellos.
Mientras tanto, observamos cómo otras
localidades, cobijadas bajo el paraguas del momento político, consiguen renovar
calles, redes e instalaciones.
Los votos no deberían decidir qué vecinos tienen
derecho a unas tuberías seguras y cuáles deben continuar esperando.
Una calle de un pueblo de cincuenta habitantes no
debería ser menos importante que una calle de una localidad con cinco mil.
Las personas no son menos ciudadanas porque vivan
en un municipio pequeño.
De los contenedores no hablaré hoy.
Los contenedores de los pueblos pequeños merecen
otro artículo y, posiblemente, una buena colección de fotografías.
El padrón cuenta mucho, pero no
lo cuenta todo
La financiación municipal no depende
exclusivamente del número de habitantes, pero la población tiene un peso
decisivo.
En Navarra, el Fondo de Financiación General se
distribuye utilizando diferentes variables, entre ellas la superficie urbana,
la dispersión, el envejecimiento, el riesgo de pobreza y la capacidad fiscal.
Sin embargo, la población representa el 64,575 % de la fórmula de reparto.
Por tanto, cuantos menos habitantes constan
oficialmente, menor suele ser la capacidad económica para mantener calles,
caminos, instalaciones y servicios.
Y comienza el círculo de siempre:
Menos habitantes, menos recursos.
Menos recursos, menos servicios administrativos,
sanitarios, de transporte, vivienda y un largo etcétera.
Menos servicios, menos posibilidades de que
nuevas personas decidan instalarse en el pueblo.
Pero el padrón tampoco explica toda la realidad.
Hay personas que no están empadronadas, aunque
tengan una vivienda, pasen largas temporadas en el municipio y sean de las más
activas, trabajadoras y participativas.
Colaboran en las fiestas, ayudan en las
actividades, cuidan espacios y sostienen buena parte de la vida comunitaria.
Y, aun así, tienen que escuchar que son
forasteras.
A veces se lo dice alguien que también llegó de
fuera.
O alguien que ha olvidado que casi todas las
familias fueron nuevas alguna vez en algún lugar.
El padrón tiene consecuencias económicas y
administrativas, pero el sentimiento de pertenencia no debería medirse
únicamente por el lugar de nacimiento.
También pertenece quien cuida.
Quien participa.
Quien ayuda.
Quien siente como propio lo que sucede en el
pueblo.
Quizá ese sea otro artículo: el de los habitantes
que cuentan oficialmente y el de las personas que, sin figurar en las cifras,
sostienen la vida de nuestros municipios.
El trabajo de una alcaldía no
se mide en paseos
Existe también una idea curiosa sobre el trabajo
de las alcaldías rurales.
Parece que un alcalde o una alcaldesa solamente
trabaja cuando se le ve paseando por las calles, asistiendo a un acto o
hablando con los vecinos.
Pero la mayor parte de la gestión municipal no se
realiza delante del público.
Hay que controlar la economía, revisar el
presupuesto, aprobar y firmar facturas, preparar plenos, responder
requerimientos, solicitar subvenciones, comprobar contratos, estudiar
proyectos, redactar ordenanzas, atender a técnicos, supervisar obras, revisar
caminos, proteger el patrimonio, resolver conflictos y responder ante otras
administraciones.
Hay que leer documentos que llegan por la tarde,
firmar expedientes por la noche y contestar mensajes durante los fines de
semana.
Hay que tomar decisiones que afectan a personas
con las que después coincidirás en la calle, en el bar o en la plaza.
En una ciudad, muchas de estas funciones se
reparten entre departamentos y profesionales.
En un pueblo pequeño, gran parte de ellas termina
sobre la misma mesa.
Y, muchas veces, en el mismo teléfono móvil.
El cementerio y la memoria
El cementerio también es municipal.
El ayuntamiento mantiene el recinto, pero el
cuidado de cada sepultura corresponde normalmente a la familia.
Tristemente, algunas personas ya no tienen
familiares que puedan ocuparse de ellas.
En esos casos es de agradecer que el ayuntamiento
sepa quiénes son, recuerde dónde descansan y cuide, en la medida de sus
posibilidades, ese lugar que para muchas personas continúa siendo sagrado.
Hay tareas municipales que no aparecen reflejadas
en ningún presupuesto.
Recordar también es una forma de cuidar un
pueblo.
Cuando contratar limpieza
convierte a todos en jefes
Algunos ayuntamientos hacen un gran esfuerzo para
contratar a una persona que limpie las calles.
Y entonces ocurre algo curioso.
Aparecen vecinos que dejan de sentirse
responsables del espacio situado delante de su casa y se convierten
automáticamente en jefes de la persona contratada.
Se quejan de una hoja, de una esquina, de una
acera o de que no se ha barrido exactamente donde ellos querían.
Durante generaciones, cada familia cuidó el
pequeño espacio que tenía delante de su puerta.
Disponer ahora de un servicio de limpieza debería
mejorar el pueblo, no hacer desaparecer la responsabilidad individual.
El pueblo no es únicamente del ayuntamiento.
Es de quienes viven en él, de quienes regresan,
de quienes lo cuidan y de quienes participan.
Cambiar la pregunta
Antes de criticar al ayuntamiento, quizá
deberíamos cambiar la pregunta.
En lugar de preguntar siempre:
¿Qué hace el ayuntamiento por mí?
Podríamos preguntarnos:
¿Qué puedo hacer yo, que formo parte de este
pueblo, para ayudar a conservarlo y mejorarlo?
El ayuntamiento se gestiona con nuestros
impuestos, pero el pueblo se mantiene también con nuestra colaboración, nuestra
participación y nuestra responsabilidad.
Colaborar no significa callar.
No significa aceptar una mala gestión ni
renunciar a exigir transparencia.
Hay alcaldes que se equivocan, corporaciones que
informan mal y decisiones que deben criticarse. La responsabilidad pública
exige explicaciones y la ciudadanía tiene derecho a pedirlas.
Pero una crítica es más justa cuando se realiza
después de conocer los recursos, las obligaciones, los procedimientos, los
plazos y el trabajo existente detrás de cada decisión.
Participar significa informarse antes de juzgar.
Proponer antes de descalificar.
Comprender que el ayuntamiento no es una empresa
de servicios y que los vecinos no somos clientes.
Lo público no pertenece exclusivamente a quien
ocupa la alcaldía ni a quienes se sientan en el pleno.
Es de todos.
Por eso también debemos preguntarnos qué
aportamos, en qué podemos ayudar, qué espacio podemos cuidar y qué
responsabilidad estamos dispuestos a asumir.
Afortunadamente, quienes solamente critican y
nunca colaboran son una minoría tan pequeña que casi no se ve.
Pero existe.
Y algunas veces hace mucho ruido.
Gobernar un pueblo pequeño no significa gestionar
poco.
Significa sostener casi todo con casi nadie.
Y vivir en él no consiste únicamente en preguntar
qué nos corresponde.
También consiste en decidir qué estamos
dispuestos a aportar.
2.516 municipios con menos de 200 habitantes. Son casi el 31 % de todos los municipios españoles.
Castilla y León reúne 1.279 de estos municipios y Navarra cuenta con 96. Es decir, no estamos hablando de una realidad excepcional o anecdótica, sino de casi uno de cada tres ayuntamientos españoles.
#LaMirilla
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Sin ánimo de hacerte la pelota, creo que este texto debería leerse en todas las facultades de Derecho, Historia, Sociología y Ciencias Políticas. Como siempre, he aprendido mucho leyéndote, no te imaginas cuánto.
ResponderEliminarGracias Eduard, es una realidad que se vive.
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